
No me interesa culpar a la vida, pues es harto más fácil. Convengamos entonces que producto de decisiones mal tomadas mis hijas se tuvieron que quedar conmigo a vivir dos meses. Dos niñas de seis y dos años a cargo de un padre que en su puta vida les atendió. Un padre proveedor (que es la peor manera de ejercer la paternidad)
¿Qué puedo decir?; que han sido los dos meses más gratificantes de mi vida, pero a la vez los más dolorosos. En el dolor se aprende dijo alguien por ahí y se me lo encuentro le abrazaré pues la frase es sencillamente cierta.
La madre de las niñas en Canadá. Yo en Chile con ambas, aprendiendo a ser papá. Cada día aprendiendo más de ellas que ellas de mi. Y he sentido dolor pues he visto a la mayor derrumbarse. Mi hija siempre líder a su manera cayó en la derrota. En el sentir esa felicidad que es siempre a medias; en esas risas contenidas pues algo les aprisiona el pecho; vaya que la entiendo. A mi me tocó estar nueve meses sin verlas y sentí todo lo relatado arriba.
En los próximos días la mamá llegará y todo volverá a la calma; eso es lo que quiero y espero. Mi anhelo es ver a mis hijas nuevamente completas y, porqué no, siendo atendidas por mamá y su nuevo papá; uno que lava, cocina, hace aseo, lee cuentos, baila, juega, riega y disfruta cada momento con lo más lindo que la vida le obsequió: la posibilidad de tener dos bellas hijas.

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